Una estrella de los Andes descendió
Protagonista de La teta asustada, el primer film de Perú nominado al Oscar, es cantante de huainos, tiene 23 años y vive en su pequeña finca de Huanta, en Ayacucho. Desde allí comienza a transformarse en un icono global, sin abandonar sus raíces.
Magaly Solier es morena, vive en Huanta, tiene 23 años, siembra con sus manos en su propio, pequeño campo, y canta huainos. Es, también, la gran estrella de cine del Perú, la mujer que cantó en quechua ante cientos de alemanes cuando la película La teta asustada ganó el Oso de Oro en 2009. Y es, además, la que acompañaría al escenario del Oscar a la realizadora Claudia Llosa si La teta… se lleva el premio a Mejor film extranjero. Es cierto, de las cinco nominadas es la que menos posibilidades tiene, pero aún así el rostro de Solier penetró allí donde las imágenes se multiplican y hacen globales: Hollywood. Modesta a pesar de que ha pasado un año entero de entrevista en entrevista –además de grabar un disco, dado que es cantante de profesión–, no quiso decirle a nadie cómo vestirá para la gala del 7 de marzo. “Mi vestido –expresó a un periodista– es un cuis mágico; la belleza la tengo en la cara”. Ella misma es un cuis, un roedor pequeño que se refugia del ruido a pesar de todo.
Glamour y Solier son antónimos. La infancia de la actriz fue durísima: su abuela fue asesinada por Sendero Luminoso; sufrió una herida en uno de sus ojos –algo que le da un carácter extraño a su mirada– y supo lo que implicaban los abusos de los militares. Aunque es cierto que Claudia Llosa la descubrió vendiendo comidas en un mercado de Huanta, decirlo así es poco preciso y alimenta el cuento universal del star-system. Ella estaba allí juntando dinero para su viaje de egresados y tenía 17 años; Llosa la vio y la invitó a un larguísimo casting de 500 chicas. Ella fue finalmente la elegida para un film –Madeinusa (2006), una película ambientada en los Andes peruanos, con fuerte imaginería religiosa y cuyo núcleo es una relación de incesto padre-hija– que fue un éxito en el circuito de festivales. Eso sí: después de aquella película, Magaly volvió a su Huanta natal y a su cría de cuises –a los que incluso hoy mata, pela y prepara para cocinar con sus propias manos.
Dos años más tarde ya había comenzado a cantar huainos. “De chica –contó al periodista peruano Hans Huerto– era lo que me gustaba. Eso y Los Prisioneros. Aunque cuando mis amigas cantaban aquello de ‘sexo compro, sexo vendo, sexo arriendo’ (el estribillo, justamente, de ‘Sexo’, del grupo de rock peruano Los Prisioneros) les gritaba: ‘¡Qué les pasa, dónde estamos! ¡Groseras!’. Eran las chicas que iban a Lima y compraban discos. Después escuchamos rock en radio”. Para entonces, Solier ya había ganado varios premios importantes por cantar huainos. De hecho, La teta asustada sería otra cosa sin las canciones compuestas y cantadas por la propia estrella, aquella de quien Jorge Drexler dijo que tenía la voz más dulce de América Latina. Sigue pensando en sí misma como cantante más que como actriz, aunque cada vez lo acepta más. “Yo cuando actúo –explica– me olvido de la cámara; recién después pienso: ‘Esto lo va a ver todo el mundo’. Pero con el público del canto se hace una relación especial: los miro y conecto con lo que quieren de mí”.
Ahora le tocan algunos días de frivolidad, de estar en el centro de las miradas de sus compatriotas, de ser fotografiada entrando al Kodak Theatre. Ahora le toca un poquito –y quizás después sea más, nunca se sabe– del sueño de Hollywood. Ella, la que no quiere revelar cómo habrá de vestirse, sólo dice que su gran sueño es ver y saludar a Clint Eastwood, su ídolo. Mientras en Perú, miles de chicas quieren conocer, hoy, a Magaly Soler.
Otras bellezas de otros lados
Alguna vez, la Italia de posguerra proveyó de Sofías y Ginas. Hoy, las bellezas no convencionales vienen de América Latina, del barrio marginal, y a veces de Oriente. En los últimos años, además de Solier, aparecen varias actrices entrando al mundo del champagne y los cócteles. En 1999, una operaria industrial belga, Severine Caneele, se llevó el premio de Mejor Actriz en Cannes por La Humanidad, de Bruno Dumont, y hubo enormes polémicas porque no era actriz profesional. En 2003, la iraní Shohreh Aghdashloo fue nominada al Oscar por La casa de arena y niebla. Desde entonces, siempre que hace falta una belleza étnica y madura, la llaman para el papel. Un año más tarde, la colombiana Catalina Sandino Moreno también se llevó una nominación al Oscar –y una carrera internacional– gracias a María, llena eres de gracia, film sobre las “mulas” que el narcotráfico envía de Colombia a EE.UU. La última estrella que viene de los márgenes es estadounidense y es su aspecto más que su origen lo que la hace un producto “diferente”: Gabourey Sidibe, protagonista de Preciosa, objeto de una atención enorme por parte de los medios.
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lo maximo magaly una mujer sencilla y muy realista espero que sigan los exitos.